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heracles
miércoles, 26 de agosto de 2015
Los Doce Trabajos (athloí)
1. El León de Nemea
Teócrito, Idilios XXV, 194 ss. (trad. M. García Teijeiro – T. Molinos) (Habla Heracles) “...En cuanto a ese monstruoso león, puedo contarte cómo sucedió todo, pues que quieres saberlo, menos de dónde vino, que eso, aun siendo muchos los argivos, ninguno podría decirlo con certeza. Suponemos sólo que algún inmortal, irritado con los descendientes de Foroneo por los sacrificios, les envió tal azote. Cual río desbordado, asaltaba el león con gran violencia a todos los del valle; a los de Bembina especialmente, que moraban cerca de él y padecían lo insufrible. Ése fue el primer trabajo que me ordenó realizar Euristeo, él me mandó matar a la terrible bestia. Yo me puse en camino con mi flexible arco y la hueca aljaba repleta de flechas. Llevaba en la otra mano una sólida maza de copudo acebuche, con corteza y con médula, que había yo hallado al pie del sagrado Helicón y arrancado de cuajo con toda su maraña de raíces. Cuando llegué al lugar frecuentado por el león, tomé el arco, sujeté a su corvo extremo la cuerda y les puse enseguida una saeta cargada de gemidos. Por todas partes paseaba la vista acechando al monstruo destructor, tratando de verlo antes de que él a mí me divisara. Era mediodía, y aún no había podido encontrar sus huellas ni percibir su rugido. Tampoco se veía a ningún hombre con sus bueyes, a ninguno ocupado en los surcos, que esperaban la siembra, a quien yo preguntar: el pálido temor retenía a cada cual en las majadas. Mas no cesé de andar y de explorar el frondoso monte hasta que llegué a verlo y pude presto poner mi fuerza a prueba.
Llegó antes de que cayera la tarde, camino de su cueva, ahíto de carnes y de sangre, su áspera melena y torvo rostro y pecho sucios de la matanza, lamiéndose las fauces con la lengua. Yo me oculté al punto en la umbrosa maleza junto a una vereda del bosque, aguardando a que viniera; y, según llegaba, lo alcancé con un dardo cerca del flanco izquierdo sin nada conseguir, que la flecha no penetró en su carne, aunque era aguda, sino que de rebote fue a caer sobre la verde hierba. El león, asombrado, alzó del suelo su parda cabeza con rapidez y lo recorrió todo atentamente con la vista, abiertas sus fauces y mostrando los voraces dientes. Yo le envié con el arco otra flecha, irritado porque la anterior hubiera salido inútil de mis manos, y lo alcancé en medio del pecho, donde están los pulmones; mas ni aun así el dardo repleto de dolores atravesó su piel, sino que le cayó delante de los pies inútilmente. Iba a tensar el arco por tercera vez, con el corazón lleno de profundo disgusto, cuando aquella bestia terrible, mirando en torno suyo, me divisó, y, recogiendo su larga cola alrededor de los corvejones, se dispuso enseguida a luchar. Todo su cuello se llenó de furor, y con la rabia se le erizó la rojiza melena; el espinazo se le encorvó como si fuera un arco, mientras todo su cuerpo se encogía sobre ijares y grupa. Como cuando un fabricante de carros, diestro en muchas labores, dobla ramos nuevos de hendible cabrahígo, después de haberlos calentado al fuego, para hacer las ruedas de un carro de eje, y mientras la está combando, escapa de sus mano la larga rama y salta lejos con su solo impulso, así se precipitó sobre mí bruscamente el terrible león desde lejos, ansioso de cebarse en mi carne. Con una mano interpuse yo mis dardos y el doble manto que quité de los hombros; con la otra levanté la seca clava sobre mi cabeza y le golpeé en el cráneo. Sobre la velluda testa de aquel animal invencible se me partió el rugoso acebuche, pero él cayó al suelo de su salte antes de alcanzarme, y se quedó parado sobre sus patas inseguras sacudiendo la cabeza. Las tinieblas rodearon sus dos ojos, pues con el golpe se le habían sacudido los sesos dentro del cráneo.
Yo, comprendiendo que los agudos dolores habíanlo aturdido, antes de que volviera a recobrarse, arrojé al suelo arco y aljaba de muchas costuras, y me apresuré a golpear la cerviz de aquel cuello inquebrantable. Luego procuré estrangularlo con el apretar de mis manos poderosas desde atrás, para que no me destrozara la carne con sus garras; con los talones pisaba sus patas traseras y las sujetaba firmemente contra el suelo, y con mis muslos aprisionaba sus ijares, hasta que lo alcé con mis brazos, lo extendí exánime en el suelo, y el espacioso Hades recibió su ánima. Me puse entonces a pensar en cómo arrancar de los miembros de la fiera muerta la velluda piel, tarea nada fácil, porque, cuando lo intentaba, no le hacían mella ni el hierro, ni las piedras, ni la madera. Algún inmortal me inspiró en aquel trance la idea de cortar la piel con las mismas garras del león. Con ellas lo desollé en seguida, y la puse sobre mi cuerpo como protección en las tajantes batallas de la guerra. Tal, amigo, fue el fin de la fiera nemea, que tantos males había causado antes a hombres y a rebaños.
2. La hidra de Lerna Como segundo trabajo le ordenó matar a la Hidra de Lerna. Ésta, criada en el pantano de Lerna, irrumpía en el llano y destruía el campo y los ganados. La Hidra tenía un cuerpo enorme, con nueve cabezas, ocho mortales y la del centro inmortal. Heracles, montado en un carro que guiaba Yolao, llegó a Lerna y refrenó los caballos; al descubrir la Hidra en una colina, junto a la fuente Amimone donde tenía su madriguera, la obligó a salir arrojándole flechas encendidas, y una vez fuera la apresó y dominó, aunque ella se mantuvo enroscada en una de sus piernas.
De nada servía golpear las cabezas con la maza, pues cuando aplastaba una surgían dos. Un enorme cangrejo favorecía a la Hidra mordiendo el pie de Heracles. Él lo mató y luego pidió ayuda a Yolao, quien, después de incendiar parte de un bosque cercano, con los tizones quemó los cuellos de las cabezas e impidió que resurgieran. Evitada así su proliferación cortó la cabeza inmortal, la enterró y le puso encima una pesada roca, cerca del camino que a través de Lerna conduce a Eleúnte. Abrió el cuerpo de la Hidra y sumergió las flechas en su bilis. Pero Euristeo dijo que este trabajo no sería contado entre los diez porque no había vencido a la Hidra Heracles solo sino con ayuda de Yolao.
3. La cierva cerinitia Como tercer trabajo le ordenó traer viva a Micenas la cierva cerinitia. Tenía cuernos de oro y estaba en Énoe consagrada a Ártemis; por eso Heracles no quería matarla ni herirla, y la persiguió un año entero. Cuando la cierva fatigada por el acoso huyó al monte llamado Artemisio, y desde allí al río Ladón, al ir a cruzarlo, Heracles, flechándola, se apoderó de ella y la transportó sobre sus hombros a través de Arcadia. Pero Ártemis, acompañada por Apolo, se encontró con él, quiso arrebatársela y le reprochó haber atentado contra un animal consagrado a ella. Heracles, alegando su obligación e inculpando a Euristeo, aplacó la cólera de la diosa y llevó el animal vivo a Micenas.
4. El jabalí de Erimanto Como cuarto trabajo le mandó traer vivo el jabalí erimantio; este animal devastaba Psófide, bajando el monte que llamaban Erimanto. Heracles, al atravear Fóloe, se hospedó en casa del centauro Folo... marchó a cazar el jabalí; cuando con sus gritos lo hubo ahuyentado de un matorral, lo hizo adentrarse, ya exhausto, en un lugar de nieve espesa, y enlazadolo condujo a Micenas.
El tercer encargo que recibió fue llevar vivo el jabalí de Erimanto, que habitaba en el Lampea, en Arcadia. Este encargo parecía ser de una gran dificultad, puesto que quien luchara con tal fiera precisaba tener una superioridad tan grande que le permitiera, en el momento del combate, calcular con precisión el momento oportuno. Porque, si dejaba libre la fuerza del animal, tendría que afrontar el peligro de sus colmillos, mientras que si le atacaba más de lo necesario, le mataría, con lo que el trabajo quedaría sin cumplimiento. Sin embargo, durante el combate, Heracles consiguió aplicar exactamente la justa proporción y llevó el jabalí vivo a Euristeo. El rey, cuando le vio con la fiera a las espaldas, tuvo miedo y se escondió en un tonel de bronce.
5. Los establos de Augías Como quinto trabajo Euristeo le ordenó sacar en un día el estiércol del ganado de Augías. Éste era rey de Élide, hijo de Helios, según unos, según otros de Posidón, y según otros aún de Forbante, y poseía muchos rebaños de ganado. Heracles se presentó a él y sin revelarle la orden de Euristeo le dijo que sacaría el estiércol en un solo día a cambio de la décima parte del ganado. Augías, aunque incrédulo, aceptó el trato; Heracles, puesto por testigo Fileo, el hijo de Augías, abrió una brecha en los cimientos del establo y desviando el curso del Alfeo y del Peneo, que discurrían cercanos, los encauzó hacia allí e hizo otra abertura como desagüe. Al enterarse Augías de que esto se había realizado por orden de Euristeo, no quiso pagar lo estipulado, y ademásnegó haberlo prometido, y se manifestó dispuesto a comparecer en juicio por ello. Cuando los jueces ocuparon sus asientos, Fileo, citado por Heracles, testificó contra su padre, afirmando que éste había accedido a recompensarlo. Augías, colérico, antes de que se emitiera el fallo desterró de Élide a Fileo y a Heracles. Fileo se dirigió a Duliquio y allí habitó; Heracles se presentó en Oleno ante Dexámeno, cuando éste se veía forzado a entregar en matrimonio su hija Mnesímaca al centauro Euritión; al requerir su ayuda Dexámeno, mató a Euritión, que ya iba en busca de su prometida. Mas Euristeo tampoco aceptó el trabajo entre los diez, alegando que se había hecho por salario.
6. Las aves del lago Estínfalo Como sexto trabajo le encargó ahuyentar las aves estinfálidas. En la ciudad de Estínfalo, en Arcadia, había un lago llamado Estinfálide, oculto por abundante vegetación, donde se habían refugiado innumerables aves, temerosas de ser presa de los lobos. Heracles no sabía cómo hacerlas salir de la espesura, pero Atenea le proporcionó unos crótalos de bronce, dádiva de Hefesto, y él entonces, haciéndolos sonar en una montaña próxima a lago, espantó a las aves, que incapaces de soportar el ruido alzaron el vuelo atemorizadas y de esta manera Heracles las flechó.
7. El toro de Creta Como séptimo trabajo le impuso traer el toro de Creta. Según Acusilao éste había transportado a Europa para Zeus. Según otros, Posidón lo había hecho surgir del mar cuando Minos prometió ofrendarle lo que saliera del mar: se dice que, admirado de la belleza del toro, lo envió a la manara y en su lugar sacrificó otro a Posidión, por lo cual el dios encolerizado hizo salvaje al toro. Heracles marchó a Creta en su busca, y al pedir ayuda a Minos éste le contestó que luchara por apresarlo; una vez capturado el toro, Heracles lo llevó a Euristeo, quien al verlo lo dejó en libertad. El toro anduvo errante por Esparta y toda la Arcadia, y atravesando el Istmo llegó a Maratón, en el Ática, donde dañaba a los habitantes.
8. Las yeguas de Diomedes Como octavo trabajo le ordenó llevar a Micenas las yeguas de Diomedes el tracio. Éste, hijo de Ares y Cirene, era rey de los bístones, pueblo tracio muy belicoso, y poseía yeguas antropófogas. Heracles zarpó con algunos voluntarios y, dominando a los guardianes de los pesebres, condujo a las yeguas en dirección al mar. Cuando los bístones acudieron armados a rescatar las yeguas, él las encomendó a la custodia de Abdero, hijo de Hermes, oriundo de Opunte, en Lócride, y favorito de Heracles; pero las yeguas lo mataron arrastrándolo. Heracles en combate con los bístones dio muerte a Diomedes y obligó a huir a los restantes; fundó la ciudad de Abdera junto al sepulcro del desaparecido Abdero, y reuniendo las yeguas se las entregó a Euristeo. Éste las soltó y las yeguas se dirigieron al monte Olimpo donde acabaron devoradas por las fieras.
A continuación emprendió el trabajo de traer las yeguas de Diomedes, el Tracio. Tenían comederos de bronce a causa de su ferocidad y estaban atadas con cadenas de hierro a causa de su fuerza; como alimento, no tomaban lo que producía la tierra, sino los miembros de los extranjeros que ellas mismas despedazaban, con lo que tenían como alimento la desgracia de los pobres. Heracles, para domarlas, les echó a su dueño Diomedes y, una vez que hubo saciado el apetito de aquellas bestias con la carne del que les enseñaba las fechorías, consiguió domeñarlas. Cuando le llevaron las yeguas, Euristeo las consagró a Hera, y ocurrió que su descendencia continuó consagrada hasta el reinado de Alejandro, el Macedón.
9. El cinturón de Hipólita Como noveno trabajo ordenó a Heracles conseguir el cinturón de Hipólita. Ésta era reina de las amazonas, que habitaban cerca del río Termodote, pueblo sobresaliente en la guerra, pues practicaban las costumbres viriles; y cada vez que, a causa de relaciones sexuales, tenían hijos, criaban sólo a las hembras y les comprimían el pecho derecho para que no les estorbara al lanzar la jabalina, mientras que les dejaban el izquierdo para amamantar. Hipólita ostentaba el cinturón de Ares, símbolo de su soberanía. Heracles fue enviado a buscar este cinturón porque Admete, hija de Euristeo, deseaba poseerlo. Acompañado por voluntarios se hizo a la mar con una sola nave y arribó a la isla de Paros... Hipólita. Museo del Ermitage Llegado al puerto de Temiscira, se presentó ante él Hipólita, le preguntó por qué había ido y le prometió entregarle el cinturón; pero Hera, bajo la apariencia de una de las amazonas, iba y venía entre la multitud diciendo que los extranjeros recién llegados habían raptado a su reina; así ellas cabalgaron con las armas hacia la nave. Cuando Heracles las vio armadas, creyendo que se trataba de un engaño, mató a Hipólita y la despojó del cinturón; después de pelear con las restantes se hizo a la mar y arribó a Troya.
10. Las vacas de Gerión Como décimo trabajo le encargó traer de Eritía las vacas de Gerión. Eritía, ahora llamada Gadir, era una isla situada cerca del Océano; la habitaba Gerión, hijo de Crisaor y de la oceánide Calírroe; tenía el cuerpo de tres hombres, fundidos en el vientre, y se escindía en tres desde las caderas y los muslos. Poseía unas vacas rojas, cuyo vaquero era Euritión, y su guardián Orto, el perro de dos cabezas nacido de Tifón y Equidna. Yendo, pues, en busca de las vacas de Gerión a través de Europa, después de matar muchos animales salvajes, entró en Libia y, una vez en Tartessos, erigió como testimonio de su viaje dos columnas enfrentadas en los límites de Europa y Libia. Helios asaeteado por Heracles Abrasado por Helios en el trayecto tendió el arco contra el dios, y éste, admirado de su audacia, le proporcionó una vasija de oro en la que cruzó el océano.
Ya en Eritía, pasó la noche en el monte Abas; el perro, al darse cuenta, lo atacó, pero él lo golpeó con la maza y mató al vaquerizo Euritión, que había acudido en ayuda del perro. Menetes, que apacentaba allí las vacas de Hades, comunicó lo sucedido a Gerión, quien alcanzó a Heracles cerca del río Antemunte cuando se llevaba las vacas y, trabajo combate, murió de un flechazo. Heracles embarcó el ganado en la copa, y habiendo navegado hasta Tartesos, se la devolvió a Helios.... Llevó las vacas a Micenas y las entregó a Euristeo, quien las sacrificó a Hera. Heracles conduce la vacada de Gerión Diodoro de Sicilia, Biblioteca Histórica IV, 19-21 (trad. J. J. Torres Esbaranch, Madrid, Gredos, 2004) Heracles confió el reino de los iberos a los indígenas más nobles, luego tomó sus tropas y llegó a la Céltica y, recorriéndola en su totalidad, puso fin a los delitos y asesinatos de extranjeros que allí eran usuales... Luego Heracles siguió camino desde la Céltica hasta Italia y, al atravesar la región montañosa de los Alpes, abrió una nueva ruta que suavizó la dureza y la dificultad de acceso del camino, de modo que pudiera ser accesible a los ejércitos y a las bestias de carga.... Y después de haber atravesado los Alpes y la llanura de la región llamada actualmente Galia, siguió camino a través de Liguria... Después de haber atravesado el país de los ligures y el de los tirrenos, Heracles llegó al río Tíber y estableció su campamento en el lugar donde actualmente se encuentra Roma.
11.Las manzanas del Jardín de las Hespérides Cumplidos los trabajos en ocho años y un mes, al no aceptar Euristeo ni el del ganado de Augías ni el de la Hidra, como undécimo trabajo le ordenó hacerse con las manzanas de oro de las Hespérides. Estas manzanas no estaban en Libia como han dicho algunos, sino en el Atlas, entre los Hiperbóreos. Gea se las había regalado a Zeus cuando se desposó con Hera. Las guardaba un dragón inmortal, hijo de Tifón y Equidna, que tenía cien cabezas y emitía muchas y diversas voces. Con él vigilaban también las Hespérides, Egle, Eritía, Hesperia y Aretusa.... Heracles y Nereo Heracles a través de Iliria se dirigió apresuradamente al río Erídano y llegó ante las ninfas, hijas de Zeus y Temis. Éstas lo encaminaron a Nereo, a quien Heracles apresó mientras dormía y, aunque el dios adoptó toda clase de formas, lo ató y no lo soltó hasta que supo por él dónde se encontraban las Hespérides y sus manzanas. na vez informado atravesó Libia. Reinaba allí Anteo, hijo de Posidón, que daba muerte a los extranjeros obligándolos a luchas. Forzado a pelear con él, Heracles lo mató con su abrazo mientras lo mantenía en vilo, pues si tocaba la tierra se vigorizaba, y por ello algunos dijeron que era hijo de Gea. Heracles y Anteo Heracles y Busiris Después de Libia cruzó Egipto, donde reinaba Busiris, hijo de Posidón y Lisianasa, hija de Épafo. Busiris solía inmolar extranjeros en el ara de Zeus en cumplimiento de cierto oráculo: desde hacía nueve años la escasez afligía a Egipto, y Frasio, un adivino llegado de Chipre, había dicho que cesaría la esterilidad si cada año se sacrificaba un extranjero a Zeus. Busiris empezó por degollar al adivino y continuó con los extranjeros que llegaban. También Heracles fue apresado y llevado al altar, pero rompiendo las ligaduras dio muerte a Busiris y a su hijo Anfidamante. A través de Asia llegó a Termidras, puerto de los lindios, y después de desuncir uno de los bueyes del carro de un boyero lo sacrificó y se dio un festín. El boyero, incapaz de defenderse, desde una montaña lo maldijo; por eso también hoy, cuando se ofrecen sacrificios a Heracles, se hacen acompañados de imprecaciones. A su paso por Arabia mató a Ematión, hijo de Titono. Al llegar, por tierras de Libia, al mar exterior, recibió la copa de Helios; habiendo cruzado al continente opuesto flechó en el Cáucaso al águila, nacida de Equidna y Tifón, que devoraba el hígado de Prometeo. Heracles y Prometeo con el águila que le devora el hígalgo Liberó a éste escogiendo como vínculo el olivo, y presentó ante Zeus a Quirón que, aunque inmortal, estaba dispuesto a morir en su lugar. Prometeo había advertido a Heracles que no fuera él mismo a buscar las manzanas, sino que enviase a Atlante, y que sostuviera entretanto la bóveda celeste; así, cuando llegó al país de los Hiperbóreos ante Atlante, lo reemplazó, según el consejo recibido. Atenea, Heracles que sostiene la bóveda del mundo, Atlas que le presenta las manzanas. Metopa de Olimpo Atlante, después de coger de las Hespérides tres manzanas, regresó junto a Heracles. Y para no cargar de nuevo con el cielo dijo que él mismo llevaría las manzanas a Euristeo, y ordenó a Heracles que sostuviera la bóveda celeste en su lugar. Heracles accedió, pero con astucia consiguió devolvérsela a Atlante. Aconsejado por Prometeo lo invitó a soportarla mientras él se colocaba una almohadilla en la cabeza. Al oír esto, Atlante dejó las manzanas en el suelo y sostuvo la bóveda; entonces Heracles recogió las manzanas y se marchó. Algunos dicen que no las consiguió por mediación de Atlante sino que las cogió él mismo después de matar a la serpiente que las custodiaba. Jardín de las Hespéride Obtenidas las manzanas, las entregó a Euristeo. Éste, tomándolas, las regaló a Heracles, de quien las recibió Atenea, que las devolvió, pues era impío que estuviesen en cualquier otro lugar.
12. Bajada al Hades en busca de Cerbero Hera, la diosa de los níveos brazos, al ver a los aqueos compadeciólos, y dirigió a Atenea estas aladas palabras. —¡Oh dioses! ¡Hija de Zeus, que lleva la égida! ¿No nos cuidaremos de socorrer, aunque tarde, a los dánaos moribundos? Perecerán, cumpliéndose su aciago destino, por el arrojo de un solo hombre, de Héctor Priámida, que se enfurece de intolerable modo y ha causado ya gran estrago. Respondióle Atenea, la diosa de los brillantes ojos: —Tiempo ha que ése hubiera perdido fuerza y vida, muerto en su misma patria por los aqueos; pero mi padre revuelve en su mente funestos propósitos, ¡cruel, siempre injusto, desbaratador de mis planes!, y no recuerdo cuántas veces salvé a su hijo abrumado por los trabajos que Euristeo le impusiera. Heracles clamaba al cielo, llorando, y Zeus me enviaba a socorrerle. Si mi sabia mente hubiese presentido lo de ahora, no hubiera escapado el hijo de Zeus de las hondas corrientes de la Estix, cuando aquél le mandó que fuera al Hades, de sólidas puertas, y sacara del Erebo el horrendo can de Hades. Al presente, Zeus me aborrece y cumple los deseos de Tetis, que besó sus rodillas y le tocó la barba, suplicándole que honrase a Aquileo, asolador de ciudades. Día vendrá en que me llame nuevamente su amada hija, la de los brillantes ojos. Pero unce los solípedos corceles, mientras yo, entrando en el palacio de Zeus, me armo para la guerra; quiero ver si el hijo de Príamo, Héctor, de tremolante casco, se alegrará cuando aparezcamos en el campo de la batalla. Alguno de los teucros, cayendo junto a las naves aqueas, saciará con su grasa y con su carne a los perros y a las aves. Como duodécimo trabajo se le ordenó traer del Hades a Cerbero. Éste tenía tres cabezas de perro, cola de dragón y en el dorso cabezas de toda clase de serpientes. Antes de ir en su busca Heracles se presentó ante Eumolpo, en Eleusis, con el deseo de ser iniciado. Entonces a los extranjeros no se les permitía la iniciación, pero al ser adoptado por Pilio la consiguió. No pudiendo contemplar los misterios por no haber expiado la matanza de los centauros, fue purificado por Eumolpo y después iniciado. Al llegar a Ténaro en Laconia, donde estaba la entrada al Hades, bajó por ella. Las almas, al verlo, huyeron, excepto la de Meleagro y la de la Górgona Medusa. A ésta la atacó Heracles como si estuviera viva, pero Hermes le hizo saber que se trataba sólo de una sombra vana.
Cerca ya de las puertas del Hades encontró a Teseo, y a Pirítoo –quien había pretendido en matrimonio a Perséfone y por ello fue encadenado. Cuando éstos vieron a Heracles, extendieron las manos como si la fuerza de éste pudiera rescatarlos. Heracles asiendo a Teseo de la mano, lo levantó, pero al querer alzar a Pirítoo la tierra tembló y tuvo que soltarlo. También hizo rodar la piedra de Ascálafo. Para proporcionar sangre a las almas mató a una de las vacas de Hades , por lo que el pastor que las apacentaba, Menetes, hijo de Ceutónimo, lo desafió a luchar. Heracles, cogiéndolo por la cintura, le rompió las costillas, pero a instancias de Perséfone lo dejó. Cuando Heracles pidió a Cerbero a Plutón, éste le concedió llevárselo si lo dominaba sin hacer uso de las armas que portaba. Heracles, cubierto con la coraza y la piel de león, lo encontró a las puertas del Aqueronte, rodeó con sus brazos la cabeza de la bestia, y aunque lo mordió la serpiente de la cola, no lo soltó, oprimiéndolo y ahogándolo, hasta que se hubo rendido. Tras la captura subió de regreso por Trezén. Deméter transformó a Ascálafo en búho, y Heracles, una vez mostrado el Cerbero a Euristeo, lo volvió al Hades.
último de sus trabajos– ha navegado hasta el Hades de mil lágrimas donde está llegando desdichado al término de su vida. Y no ha vuelto. Esta su mansión está huera de amigos y la barca de Caronte aguarda el camino sin retorno de sus hijos –camino sin dioses ni justicia–. Tu casa pone los ojos en tus manos aunque no estés presente. Si yo tuviera el vigor de un mozo y blandiera mi lanza en la batalla –y lo mismo los tebanos de mi edad–, me pondría delante de los niños para defenderlos. Mas ahora estoy lejos de mi feliz juventud. (Sale del palacio Mégara con los niños amortajados).
Teócrito, Idilios XXV, 194 ss. (trad. M. García Teijeiro – T. Molinos) (Habla Heracles) “...En cuanto a ese monstruoso león, puedo contarte cómo sucedió todo, pues que quieres saberlo, menos de dónde vino, que eso, aun siendo muchos los argivos, ninguno podría decirlo con certeza. Suponemos sólo que algún inmortal, irritado con los descendientes de Foroneo por los sacrificios, les envió tal azote. Cual río desbordado, asaltaba el león con gran violencia a todos los del valle; a los de Bembina especialmente, que moraban cerca de él y padecían lo insufrible. Ése fue el primer trabajo que me ordenó realizar Euristeo, él me mandó matar a la terrible bestia. Yo me puse en camino con mi flexible arco y la hueca aljaba repleta de flechas. Llevaba en la otra mano una sólida maza de copudo acebuche, con corteza y con médula, que había yo hallado al pie del sagrado Helicón y arrancado de cuajo con toda su maraña de raíces. Cuando llegué al lugar frecuentado por el león, tomé el arco, sujeté a su corvo extremo la cuerda y les puse enseguida una saeta cargada de gemidos. Por todas partes paseaba la vista acechando al monstruo destructor, tratando de verlo antes de que él a mí me divisara. Era mediodía, y aún no había podido encontrar sus huellas ni percibir su rugido. Tampoco se veía a ningún hombre con sus bueyes, a ninguno ocupado en los surcos, que esperaban la siembra, a quien yo preguntar: el pálido temor retenía a cada cual en las majadas. Mas no cesé de andar y de explorar el frondoso monte hasta que llegué a verlo y pude presto poner mi fuerza a prueba.
Llegó antes de que cayera la tarde, camino de su cueva, ahíto de carnes y de sangre, su áspera melena y torvo rostro y pecho sucios de la matanza, lamiéndose las fauces con la lengua. Yo me oculté al punto en la umbrosa maleza junto a una vereda del bosque, aguardando a que viniera; y, según llegaba, lo alcancé con un dardo cerca del flanco izquierdo sin nada conseguir, que la flecha no penetró en su carne, aunque era aguda, sino que de rebote fue a caer sobre la verde hierba. El león, asombrado, alzó del suelo su parda cabeza con rapidez y lo recorrió todo atentamente con la vista, abiertas sus fauces y mostrando los voraces dientes. Yo le envié con el arco otra flecha, irritado porque la anterior hubiera salido inútil de mis manos, y lo alcancé en medio del pecho, donde están los pulmones; mas ni aun así el dardo repleto de dolores atravesó su piel, sino que le cayó delante de los pies inútilmente. Iba a tensar el arco por tercera vez, con el corazón lleno de profundo disgusto, cuando aquella bestia terrible, mirando en torno suyo, me divisó, y, recogiendo su larga cola alrededor de los corvejones, se dispuso enseguida a luchar. Todo su cuello se llenó de furor, y con la rabia se le erizó la rojiza melena; el espinazo se le encorvó como si fuera un arco, mientras todo su cuerpo se encogía sobre ijares y grupa. Como cuando un fabricante de carros, diestro en muchas labores, dobla ramos nuevos de hendible cabrahígo, después de haberlos calentado al fuego, para hacer las ruedas de un carro de eje, y mientras la está combando, escapa de sus mano la larga rama y salta lejos con su solo impulso, así se precipitó sobre mí bruscamente el terrible león desde lejos, ansioso de cebarse en mi carne. Con una mano interpuse yo mis dardos y el doble manto que quité de los hombros; con la otra levanté la seca clava sobre mi cabeza y le golpeé en el cráneo. Sobre la velluda testa de aquel animal invencible se me partió el rugoso acebuche, pero él cayó al suelo de su salte antes de alcanzarme, y se quedó parado sobre sus patas inseguras sacudiendo la cabeza. Las tinieblas rodearon sus dos ojos, pues con el golpe se le habían sacudido los sesos dentro del cráneo.
Yo, comprendiendo que los agudos dolores habíanlo aturdido, antes de que volviera a recobrarse, arrojé al suelo arco y aljaba de muchas costuras, y me apresuré a golpear la cerviz de aquel cuello inquebrantable. Luego procuré estrangularlo con el apretar de mis manos poderosas desde atrás, para que no me destrozara la carne con sus garras; con los talones pisaba sus patas traseras y las sujetaba firmemente contra el suelo, y con mis muslos aprisionaba sus ijares, hasta que lo alcé con mis brazos, lo extendí exánime en el suelo, y el espacioso Hades recibió su ánima. Me puse entonces a pensar en cómo arrancar de los miembros de la fiera muerta la velluda piel, tarea nada fácil, porque, cuando lo intentaba, no le hacían mella ni el hierro, ni las piedras, ni la madera. Algún inmortal me inspiró en aquel trance la idea de cortar la piel con las mismas garras del león. Con ellas lo desollé en seguida, y la puse sobre mi cuerpo como protección en las tajantes batallas de la guerra. Tal, amigo, fue el fin de la fiera nemea, que tantos males había causado antes a hombres y a rebaños.
2. La hidra de Lerna Como segundo trabajo le ordenó matar a la Hidra de Lerna. Ésta, criada en el pantano de Lerna, irrumpía en el llano y destruía el campo y los ganados. La Hidra tenía un cuerpo enorme, con nueve cabezas, ocho mortales y la del centro inmortal. Heracles, montado en un carro que guiaba Yolao, llegó a Lerna y refrenó los caballos; al descubrir la Hidra en una colina, junto a la fuente Amimone donde tenía su madriguera, la obligó a salir arrojándole flechas encendidas, y una vez fuera la apresó y dominó, aunque ella se mantuvo enroscada en una de sus piernas.
De nada servía golpear las cabezas con la maza, pues cuando aplastaba una surgían dos. Un enorme cangrejo favorecía a la Hidra mordiendo el pie de Heracles. Él lo mató y luego pidió ayuda a Yolao, quien, después de incendiar parte de un bosque cercano, con los tizones quemó los cuellos de las cabezas e impidió que resurgieran. Evitada así su proliferación cortó la cabeza inmortal, la enterró y le puso encima una pesada roca, cerca del camino que a través de Lerna conduce a Eleúnte. Abrió el cuerpo de la Hidra y sumergió las flechas en su bilis. Pero Euristeo dijo que este trabajo no sería contado entre los diez porque no había vencido a la Hidra Heracles solo sino con ayuda de Yolao.
3. La cierva cerinitia Como tercer trabajo le ordenó traer viva a Micenas la cierva cerinitia. Tenía cuernos de oro y estaba en Énoe consagrada a Ártemis; por eso Heracles no quería matarla ni herirla, y la persiguió un año entero. Cuando la cierva fatigada por el acoso huyó al monte llamado Artemisio, y desde allí al río Ladón, al ir a cruzarlo, Heracles, flechándola, se apoderó de ella y la transportó sobre sus hombros a través de Arcadia. Pero Ártemis, acompañada por Apolo, se encontró con él, quiso arrebatársela y le reprochó haber atentado contra un animal consagrado a ella. Heracles, alegando su obligación e inculpando a Euristeo, aplacó la cólera de la diosa y llevó el animal vivo a Micenas.
4. El jabalí de Erimanto Como cuarto trabajo le mandó traer vivo el jabalí erimantio; este animal devastaba Psófide, bajando el monte que llamaban Erimanto. Heracles, al atravear Fóloe, se hospedó en casa del centauro Folo... marchó a cazar el jabalí; cuando con sus gritos lo hubo ahuyentado de un matorral, lo hizo adentrarse, ya exhausto, en un lugar de nieve espesa, y enlazadolo condujo a Micenas.
El tercer encargo que recibió fue llevar vivo el jabalí de Erimanto, que habitaba en el Lampea, en Arcadia. Este encargo parecía ser de una gran dificultad, puesto que quien luchara con tal fiera precisaba tener una superioridad tan grande que le permitiera, en el momento del combate, calcular con precisión el momento oportuno. Porque, si dejaba libre la fuerza del animal, tendría que afrontar el peligro de sus colmillos, mientras que si le atacaba más de lo necesario, le mataría, con lo que el trabajo quedaría sin cumplimiento. Sin embargo, durante el combate, Heracles consiguió aplicar exactamente la justa proporción y llevó el jabalí vivo a Euristeo. El rey, cuando le vio con la fiera a las espaldas, tuvo miedo y se escondió en un tonel de bronce.
5. Los establos de Augías Como quinto trabajo Euristeo le ordenó sacar en un día el estiércol del ganado de Augías. Éste era rey de Élide, hijo de Helios, según unos, según otros de Posidón, y según otros aún de Forbante, y poseía muchos rebaños de ganado. Heracles se presentó a él y sin revelarle la orden de Euristeo le dijo que sacaría el estiércol en un solo día a cambio de la décima parte del ganado. Augías, aunque incrédulo, aceptó el trato; Heracles, puesto por testigo Fileo, el hijo de Augías, abrió una brecha en los cimientos del establo y desviando el curso del Alfeo y del Peneo, que discurrían cercanos, los encauzó hacia allí e hizo otra abertura como desagüe. Al enterarse Augías de que esto se había realizado por orden de Euristeo, no quiso pagar lo estipulado, y ademásnegó haberlo prometido, y se manifestó dispuesto a comparecer en juicio por ello. Cuando los jueces ocuparon sus asientos, Fileo, citado por Heracles, testificó contra su padre, afirmando que éste había accedido a recompensarlo. Augías, colérico, antes de que se emitiera el fallo desterró de Élide a Fileo y a Heracles. Fileo se dirigió a Duliquio y allí habitó; Heracles se presentó en Oleno ante Dexámeno, cuando éste se veía forzado a entregar en matrimonio su hija Mnesímaca al centauro Euritión; al requerir su ayuda Dexámeno, mató a Euritión, que ya iba en busca de su prometida. Mas Euristeo tampoco aceptó el trabajo entre los diez, alegando que se había hecho por salario.
6. Las aves del lago Estínfalo Como sexto trabajo le encargó ahuyentar las aves estinfálidas. En la ciudad de Estínfalo, en Arcadia, había un lago llamado Estinfálide, oculto por abundante vegetación, donde se habían refugiado innumerables aves, temerosas de ser presa de los lobos. Heracles no sabía cómo hacerlas salir de la espesura, pero Atenea le proporcionó unos crótalos de bronce, dádiva de Hefesto, y él entonces, haciéndolos sonar en una montaña próxima a lago, espantó a las aves, que incapaces de soportar el ruido alzaron el vuelo atemorizadas y de esta manera Heracles las flechó.
7. El toro de Creta Como séptimo trabajo le impuso traer el toro de Creta. Según Acusilao éste había transportado a Europa para Zeus. Según otros, Posidón lo había hecho surgir del mar cuando Minos prometió ofrendarle lo que saliera del mar: se dice que, admirado de la belleza del toro, lo envió a la manara y en su lugar sacrificó otro a Posidión, por lo cual el dios encolerizado hizo salvaje al toro. Heracles marchó a Creta en su busca, y al pedir ayuda a Minos éste le contestó que luchara por apresarlo; una vez capturado el toro, Heracles lo llevó a Euristeo, quien al verlo lo dejó en libertad. El toro anduvo errante por Esparta y toda la Arcadia, y atravesando el Istmo llegó a Maratón, en el Ática, donde dañaba a los habitantes.
8. Las yeguas de Diomedes Como octavo trabajo le ordenó llevar a Micenas las yeguas de Diomedes el tracio. Éste, hijo de Ares y Cirene, era rey de los bístones, pueblo tracio muy belicoso, y poseía yeguas antropófogas. Heracles zarpó con algunos voluntarios y, dominando a los guardianes de los pesebres, condujo a las yeguas en dirección al mar. Cuando los bístones acudieron armados a rescatar las yeguas, él las encomendó a la custodia de Abdero, hijo de Hermes, oriundo de Opunte, en Lócride, y favorito de Heracles; pero las yeguas lo mataron arrastrándolo. Heracles en combate con los bístones dio muerte a Diomedes y obligó a huir a los restantes; fundó la ciudad de Abdera junto al sepulcro del desaparecido Abdero, y reuniendo las yeguas se las entregó a Euristeo. Éste las soltó y las yeguas se dirigieron al monte Olimpo donde acabaron devoradas por las fieras.
A continuación emprendió el trabajo de traer las yeguas de Diomedes, el Tracio. Tenían comederos de bronce a causa de su ferocidad y estaban atadas con cadenas de hierro a causa de su fuerza; como alimento, no tomaban lo que producía la tierra, sino los miembros de los extranjeros que ellas mismas despedazaban, con lo que tenían como alimento la desgracia de los pobres. Heracles, para domarlas, les echó a su dueño Diomedes y, una vez que hubo saciado el apetito de aquellas bestias con la carne del que les enseñaba las fechorías, consiguió domeñarlas. Cuando le llevaron las yeguas, Euristeo las consagró a Hera, y ocurrió que su descendencia continuó consagrada hasta el reinado de Alejandro, el Macedón.
9. El cinturón de Hipólita Como noveno trabajo ordenó a Heracles conseguir el cinturón de Hipólita. Ésta era reina de las amazonas, que habitaban cerca del río Termodote, pueblo sobresaliente en la guerra, pues practicaban las costumbres viriles; y cada vez que, a causa de relaciones sexuales, tenían hijos, criaban sólo a las hembras y les comprimían el pecho derecho para que no les estorbara al lanzar la jabalina, mientras que les dejaban el izquierdo para amamantar. Hipólita ostentaba el cinturón de Ares, símbolo de su soberanía. Heracles fue enviado a buscar este cinturón porque Admete, hija de Euristeo, deseaba poseerlo. Acompañado por voluntarios se hizo a la mar con una sola nave y arribó a la isla de Paros... Hipólita. Museo del Ermitage Llegado al puerto de Temiscira, se presentó ante él Hipólita, le preguntó por qué había ido y le prometió entregarle el cinturón; pero Hera, bajo la apariencia de una de las amazonas, iba y venía entre la multitud diciendo que los extranjeros recién llegados habían raptado a su reina; así ellas cabalgaron con las armas hacia la nave. Cuando Heracles las vio armadas, creyendo que se trataba de un engaño, mató a Hipólita y la despojó del cinturón; después de pelear con las restantes se hizo a la mar y arribó a Troya.
10. Las vacas de Gerión Como décimo trabajo le encargó traer de Eritía las vacas de Gerión. Eritía, ahora llamada Gadir, era una isla situada cerca del Océano; la habitaba Gerión, hijo de Crisaor y de la oceánide Calírroe; tenía el cuerpo de tres hombres, fundidos en el vientre, y se escindía en tres desde las caderas y los muslos. Poseía unas vacas rojas, cuyo vaquero era Euritión, y su guardián Orto, el perro de dos cabezas nacido de Tifón y Equidna. Yendo, pues, en busca de las vacas de Gerión a través de Europa, después de matar muchos animales salvajes, entró en Libia y, una vez en Tartessos, erigió como testimonio de su viaje dos columnas enfrentadas en los límites de Europa y Libia. Helios asaeteado por Heracles Abrasado por Helios en el trayecto tendió el arco contra el dios, y éste, admirado de su audacia, le proporcionó una vasija de oro en la que cruzó el océano.
Ya en Eritía, pasó la noche en el monte Abas; el perro, al darse cuenta, lo atacó, pero él lo golpeó con la maza y mató al vaquerizo Euritión, que había acudido en ayuda del perro. Menetes, que apacentaba allí las vacas de Hades, comunicó lo sucedido a Gerión, quien alcanzó a Heracles cerca del río Antemunte cuando se llevaba las vacas y, trabajo combate, murió de un flechazo. Heracles embarcó el ganado en la copa, y habiendo navegado hasta Tartesos, se la devolvió a Helios.... Llevó las vacas a Micenas y las entregó a Euristeo, quien las sacrificó a Hera. Heracles conduce la vacada de Gerión Diodoro de Sicilia, Biblioteca Histórica IV, 19-21 (trad. J. J. Torres Esbaranch, Madrid, Gredos, 2004) Heracles confió el reino de los iberos a los indígenas más nobles, luego tomó sus tropas y llegó a la Céltica y, recorriéndola en su totalidad, puso fin a los delitos y asesinatos de extranjeros que allí eran usuales... Luego Heracles siguió camino desde la Céltica hasta Italia y, al atravesar la región montañosa de los Alpes, abrió una nueva ruta que suavizó la dureza y la dificultad de acceso del camino, de modo que pudiera ser accesible a los ejércitos y a las bestias de carga.... Y después de haber atravesado los Alpes y la llanura de la región llamada actualmente Galia, siguió camino a través de Liguria... Después de haber atravesado el país de los ligures y el de los tirrenos, Heracles llegó al río Tíber y estableció su campamento en el lugar donde actualmente se encuentra Roma.
11.Las manzanas del Jardín de las Hespérides Cumplidos los trabajos en ocho años y un mes, al no aceptar Euristeo ni el del ganado de Augías ni el de la Hidra, como undécimo trabajo le ordenó hacerse con las manzanas de oro de las Hespérides. Estas manzanas no estaban en Libia como han dicho algunos, sino en el Atlas, entre los Hiperbóreos. Gea se las había regalado a Zeus cuando se desposó con Hera. Las guardaba un dragón inmortal, hijo de Tifón y Equidna, que tenía cien cabezas y emitía muchas y diversas voces. Con él vigilaban también las Hespérides, Egle, Eritía, Hesperia y Aretusa.... Heracles y Nereo Heracles a través de Iliria se dirigió apresuradamente al río Erídano y llegó ante las ninfas, hijas de Zeus y Temis. Éstas lo encaminaron a Nereo, a quien Heracles apresó mientras dormía y, aunque el dios adoptó toda clase de formas, lo ató y no lo soltó hasta que supo por él dónde se encontraban las Hespérides y sus manzanas. na vez informado atravesó Libia. Reinaba allí Anteo, hijo de Posidón, que daba muerte a los extranjeros obligándolos a luchas. Forzado a pelear con él, Heracles lo mató con su abrazo mientras lo mantenía en vilo, pues si tocaba la tierra se vigorizaba, y por ello algunos dijeron que era hijo de Gea. Heracles y Anteo Heracles y Busiris Después de Libia cruzó Egipto, donde reinaba Busiris, hijo de Posidón y Lisianasa, hija de Épafo. Busiris solía inmolar extranjeros en el ara de Zeus en cumplimiento de cierto oráculo: desde hacía nueve años la escasez afligía a Egipto, y Frasio, un adivino llegado de Chipre, había dicho que cesaría la esterilidad si cada año se sacrificaba un extranjero a Zeus. Busiris empezó por degollar al adivino y continuó con los extranjeros que llegaban. También Heracles fue apresado y llevado al altar, pero rompiendo las ligaduras dio muerte a Busiris y a su hijo Anfidamante. A través de Asia llegó a Termidras, puerto de los lindios, y después de desuncir uno de los bueyes del carro de un boyero lo sacrificó y se dio un festín. El boyero, incapaz de defenderse, desde una montaña lo maldijo; por eso también hoy, cuando se ofrecen sacrificios a Heracles, se hacen acompañados de imprecaciones. A su paso por Arabia mató a Ematión, hijo de Titono. Al llegar, por tierras de Libia, al mar exterior, recibió la copa de Helios; habiendo cruzado al continente opuesto flechó en el Cáucaso al águila, nacida de Equidna y Tifón, que devoraba el hígado de Prometeo. Heracles y Prometeo con el águila que le devora el hígalgo Liberó a éste escogiendo como vínculo el olivo, y presentó ante Zeus a Quirón que, aunque inmortal, estaba dispuesto a morir en su lugar. Prometeo había advertido a Heracles que no fuera él mismo a buscar las manzanas, sino que enviase a Atlante, y que sostuviera entretanto la bóveda celeste; así, cuando llegó al país de los Hiperbóreos ante Atlante, lo reemplazó, según el consejo recibido. Atenea, Heracles que sostiene la bóveda del mundo, Atlas que le presenta las manzanas. Metopa de Olimpo Atlante, después de coger de las Hespérides tres manzanas, regresó junto a Heracles. Y para no cargar de nuevo con el cielo dijo que él mismo llevaría las manzanas a Euristeo, y ordenó a Heracles que sostuviera la bóveda celeste en su lugar. Heracles accedió, pero con astucia consiguió devolvérsela a Atlante. Aconsejado por Prometeo lo invitó a soportarla mientras él se colocaba una almohadilla en la cabeza. Al oír esto, Atlante dejó las manzanas en el suelo y sostuvo la bóveda; entonces Heracles recogió las manzanas y se marchó. Algunos dicen que no las consiguió por mediación de Atlante sino que las cogió él mismo después de matar a la serpiente que las custodiaba. Jardín de las Hespéride Obtenidas las manzanas, las entregó a Euristeo. Éste, tomándolas, las regaló a Heracles, de quien las recibió Atenea, que las devolvió, pues era impío que estuviesen en cualquier otro lugar.
12. Bajada al Hades en busca de Cerbero Hera, la diosa de los níveos brazos, al ver a los aqueos compadeciólos, y dirigió a Atenea estas aladas palabras. —¡Oh dioses! ¡Hija de Zeus, que lleva la égida! ¿No nos cuidaremos de socorrer, aunque tarde, a los dánaos moribundos? Perecerán, cumpliéndose su aciago destino, por el arrojo de un solo hombre, de Héctor Priámida, que se enfurece de intolerable modo y ha causado ya gran estrago. Respondióle Atenea, la diosa de los brillantes ojos: —Tiempo ha que ése hubiera perdido fuerza y vida, muerto en su misma patria por los aqueos; pero mi padre revuelve en su mente funestos propósitos, ¡cruel, siempre injusto, desbaratador de mis planes!, y no recuerdo cuántas veces salvé a su hijo abrumado por los trabajos que Euristeo le impusiera. Heracles clamaba al cielo, llorando, y Zeus me enviaba a socorrerle. Si mi sabia mente hubiese presentido lo de ahora, no hubiera escapado el hijo de Zeus de las hondas corrientes de la Estix, cuando aquél le mandó que fuera al Hades, de sólidas puertas, y sacara del Erebo el horrendo can de Hades. Al presente, Zeus me aborrece y cumple los deseos de Tetis, que besó sus rodillas y le tocó la barba, suplicándole que honrase a Aquileo, asolador de ciudades. Día vendrá en que me llame nuevamente su amada hija, la de los brillantes ojos. Pero unce los solípedos corceles, mientras yo, entrando en el palacio de Zeus, me armo para la guerra; quiero ver si el hijo de Príamo, Héctor, de tremolante casco, se alegrará cuando aparezcamos en el campo de la batalla. Alguno de los teucros, cayendo junto a las naves aqueas, saciará con su grasa y con su carne a los perros y a las aves. Como duodécimo trabajo se le ordenó traer del Hades a Cerbero. Éste tenía tres cabezas de perro, cola de dragón y en el dorso cabezas de toda clase de serpientes. Antes de ir en su busca Heracles se presentó ante Eumolpo, en Eleusis, con el deseo de ser iniciado. Entonces a los extranjeros no se les permitía la iniciación, pero al ser adoptado por Pilio la consiguió. No pudiendo contemplar los misterios por no haber expiado la matanza de los centauros, fue purificado por Eumolpo y después iniciado. Al llegar a Ténaro en Laconia, donde estaba la entrada al Hades, bajó por ella. Las almas, al verlo, huyeron, excepto la de Meleagro y la de la Górgona Medusa. A ésta la atacó Heracles como si estuviera viva, pero Hermes le hizo saber que se trataba sólo de una sombra vana.
Cerca ya de las puertas del Hades encontró a Teseo, y a Pirítoo –quien había pretendido en matrimonio a Perséfone y por ello fue encadenado. Cuando éstos vieron a Heracles, extendieron las manos como si la fuerza de éste pudiera rescatarlos. Heracles asiendo a Teseo de la mano, lo levantó, pero al querer alzar a Pirítoo la tierra tembló y tuvo que soltarlo. También hizo rodar la piedra de Ascálafo. Para proporcionar sangre a las almas mató a una de las vacas de Hades , por lo que el pastor que las apacentaba, Menetes, hijo de Ceutónimo, lo desafió a luchar. Heracles, cogiéndolo por la cintura, le rompió las costillas, pero a instancias de Perséfone lo dejó. Cuando Heracles pidió a Cerbero a Plutón, éste le concedió llevárselo si lo dominaba sin hacer uso de las armas que portaba. Heracles, cubierto con la coraza y la piel de león, lo encontró a las puertas del Aqueronte, rodeó con sus brazos la cabeza de la bestia, y aunque lo mordió la serpiente de la cola, no lo soltó, oprimiéndolo y ahogándolo, hasta que se hubo rendido. Tras la captura subió de regreso por Trezén. Deméter transformó a Ascálafo en búho, y Heracles, una vez mostrado el Cerbero a Euristeo, lo volvió al Hades.
último de sus trabajos– ha navegado hasta el Hades de mil lágrimas donde está llegando desdichado al término de su vida. Y no ha vuelto. Esta su mansión está huera de amigos y la barca de Caronte aguarda el camino sin retorno de sus hijos –camino sin dioses ni justicia–. Tu casa pone los ojos en tus manos aunque no estés presente. Si yo tuviera el vigor de un mozo y blandiera mi lanza en la batalla –y lo mismo los tebanos de mi edad–, me pondría delante de los niños para defenderlos. Mas ahora estoy lejos de mi feliz juventud. (Sale del palacio Mégara con los niños amortajados).
Historia De Heracles
Nacimiento e infancia
Apolodoro, Biblioteca II, 4, 6 s.
(trad. M. Rodríguez de Sepúlveda, Madrid, Gredos, 1985)
Reinando Electrión en Micenas llegaron los hijos de Pterelato con algunos tafios y reclamaron el reino de Méstor, su abuelo materno; al no acceder Electrión le robaron el ganado, y cuando sus hijos trataron de impedirlo, los desafiaron y se mataron unos a otros... Electrión, deseoso de vengar la muerte de sus hijos, entregó el reino a Anfitrión, juntamente con su hija Alcmena, haciéndole jurar que la mantendría virgen hasta su regreso, y se dispuso a guerrear contra los téleboas. Pero mientras recogía las vacas, una lo atacó, y AnfitriónAnfitrión con Alcmena... llegó a Tebas, donde, purificado por Creonte... Alcmena dijo que se casaría con Anfitrión después que fuera vengada la muerte de sus hermanos, y Anfitrión, habiéndoselo prometido, se aprestó a luchar contra los teléboas, e invitó a Creonte a ayudarle....
Antes de que Anfitrión regresara a Tebas, Zeus se presentó una noche y, haciéndola durar como tres, yació con Alcmena en figura de Anfitrión y le relató lo sucedido con los teléboas. Cuando llegó Anfitrión y vio que su mujer lo acogía sin entusiasmo, le preguntó el motivo, y al decirle Alcmena que a su regreso la noche anterior ya se había acostado con ella, Tiresias le aclaró que la unión amorosa había sido con Zeus. Alcmena concibió dos hijos, de Zeus a Heracles, mayor en una noche que Ificles, habido de Anfitrión. le arrojó una clava que tenía en las manos, la cual, rebotando en los cuernos, fue a parar a la cabeza de Electrión y lo mató. Esténelo se valió de ello como pretexto para expulsar a Anfitrión de todo Argos y adueñarse del trono de Micenas y Tirinto; mandó llamar a los hijos de Pélope, Atreo y Tiestes, y les entregó Midea.Anfitrión con Alcmena... llegó a Tebas, donde, purificado por Creonte... Alcmena dijo que se casaría con Anfitrión después que fuera vengada la muerte de sus hermanos, y Anfitrión, habiéndoselo prometido, se aprestó a luchar contra los teléboas, e invitó a Creonte a ayudarle.... Antes de que Anfitrión regresara a Tebas, Zeus se presentó una noche y, haciéndola durar como tres, yació con Alcmena en figura de Anfitrión y le relató lo sucedido con los teléboas. Cuando llegó Anfitrión y vio que su mujer lo acogía sin entusiasmo, le preguntó el motivo, y al decirle Alcmena que a su regreso la noche anterior ya se había acostado con ella, Tiresias le aclaró que la unión amorosa había sido con Zeus. Alcmena concibió dos hijos, de Zeus a Heracles, mayor en una noche que Ificles, habido de Anfitrión.
Afirman que de Dánae, hija de Acrisio, y Zeus nació Perseo; y unida a éste, Andrómeda, hija de Cefeo, engendró a Electrión; a continuación Eurídice, hija de Pélope, se casó con él y dio a luz a Alcmena, a la que se unió a su vez Zeus gracias a un engaño y engendró a Heracles. Así, pues, se dice que su línea genealógica remonta, por parte de sus dos progenitores, al más grande de los dioses, de la manera que hemos indicado. Las virtudes que le adornan se han considerado no sólo a partir de sus hazañas, sino que ya antes de su nacimiento le han sido reconocidas. Porque, cuando Zeus se unió a Alcmena, triplicó la duración de la noche y, por la magnitud del tiempo que se empleó en la procreación, presagió la fuerza extraordinaria del que iba a nacer. Y no tuvo en absoluto esta relación para satisfacer un deseo erótico, como ocurrió en el caso de otras mujeres, sino más bien por el placer de la procreación. Por ello, puesto que quería legitimar aquella unión, no optó por el uso de la violencia, ni tampoco confió en persuadir a la mujer, a causa de su decencia; así que se decidió por el engaño para seducir a Alcmena y tomó completamente la apariencia de Anfitrión.
Heracles niño se enfrenta a las serpientes, Reynolds Mas él irguió derecha la cabeza y por vez primera trabó combate, sujetando con sus dos manos, sin escapatoria, por los cuellos a las dos serpientes. El tiempo que así ahorcadas estuvieron hízoles exhalar el aliento de sus indescriptibles cuerpos. Entonces un insoportable pavor petrificó a todas las mujeres que atendían al lecho de Alcmena. Incluso ella misma, incorporada de la cama por su pie, sin peplo, intentaba defenderse a duras penas de la violencia de los monstruos. Pronto los capitanes Cadmeos, todos a una, con broncíneas armas concurrieron y Anfitrión llegó blandiendo en su mano la espada, desnuda de vaina, afectado por aguda preocupación, pues a todos por igual nos angustia lo propio, mientras que pronto se descuida el corazón de la desgracia ajena. Detúvose lleno de asombro de agridulce mezcla, pues había visto el valor inusitado y la fuerza de su hijo. Contradijeron los inmortales las palabras de los mensajeros. Hizo venir a su vecino, el excelso profeta de Zeus altísimo, Tiresias, adivino infalible; éste le reveló, a él y a todo su pueblo, con qué clase de vicisitudes iba a encontrarse su hijo, a cuántas fieras salvajes en tierra firme mataría y a cuántas en el mar. Afirmó que habría de dar la más espantosa muerte a aquel hombre que caminara apoyado en torcida insolencia. Que cuando los dioses en la llanura de Flegra con los gigantes trabasen batalla, éstos, alcanzados por sus flechas, por tierras habrían de cubrir de polvo sus luminosas cabezas predijo. Mas él, luego de obtener, viviendo en continua paz por el resto de los días en feliz morada, tranquilidad sin par y tras recibir por esposa a la floreciente Hebe y celebrar el nupcial banquete con Zeus Crónida cubriría de alabanzas su venerable ley.
Y aquél (Heracles) entonces se dirigió a su auriga, el poderoso Yolao: “¡Héroe Yolao, el más querido con mucho de los mortales! Sin duda que algún gran pecado contra los Inmortales bienaventurados que habitan el Olimpo cometió Anfitrión cuando llegó a la bien coronada Tebas abandonando Tirinto, ciudad bien construida, tras matar a Electrión por unas vacas de ancha frente. Acudió a Creonte y a Heníoca la de largo peplo, que le recibieron y le procuraron todo tipo de comodidas, cual es norma para con los suplicantes; y le honraron entonces mucho, de corazón. Vivía ufano con la Electriona de bellos tobillos, su esposa; y en seguida, al cabo de los años, nacimos nosotros, ni en físico parecidos, ni en espíritu, tu padre y yo. A aquél, Zeus le hizo perder la razón; pues, abandonando su casa y sus padres, se marchó para honrar al impío Euristeo, ¡desventurado! Muchas veces debió lamentarse luego, al soportar su ruina; mas ésta es irrevocable. A mí, por el contrario, un dios me puso terribles trabajos.
Heracles en la encrucijada Pródico de Ceos, citado por Jenofonte, Memorables II, 21-29 "Cuando Heracles estaba pasando de la niñez a la adolescencia, momento en el que los jóvenes al hacerse independiente revelan si se orientarán en la vida por el camino de la virtud o por el del vicio, cuentan que salió a un lugar tranquilo y se sentó sin saber por cual de los dos caminos se dirigiría. Y aunque se le aparecieron dos mujeres altas que se acercaban a él, una de ellas de hermoso aspecto y naturaleza noble, engalanado de pureza su cuerpo, la mirada púdica, su figura sobria, vestida de blanco. La otra estaba bien nutrida, metida en carnes y blanda, embellecida de color, de modo que parecí más blanca y roja de lo que era, tenía los ojos abiertos de par en par y llevaba un vestido que dejaba entrever sus encantos juveniles. Se contemplaba sin parar, mirando si algún otro la observaba, y a cada momento incluso se volvía a mirar su propia sombra. Cuando estuvieron más cerca de Heracles, mientras la descrita en primer lugar seguía andando al mismo paso, la segunda se adelantó ansiosa de acercarse a Heracles y dijo: " te veo indeciso, Heracles, sobre el camino de la vida que has de tomar. Por ello, si me tomas por amiga, yo te llevaré por el camino más dulce y fácil, no te quedarás sin probar ninguno de los placeres y vivirás sin conocer las dificultades. en primer lugar, no tendrás que preocuparte de guerras ni trabajos, sino que te pasarás la vida pensando qué comida o bebida agradable podrías encontrar, qué podrías ver u oír para deleitarte, qué te gustaría oler o tocar, con qué jovencitos te gustaría más estar acompañado, cómo dormirías más blando, y cómo conseguirías todo ello con el menor trabajo. Y si alguna vez te entra el recelo de los gastos para conseguir todo eso, no temas que yo te lleve a esforzarte y atormentar tu cuerpo y tu espíritu para procurártelo, sino que tú aprovecharas el trabajo de los otros, sin privarte de nada de lo que se pueda sacar algún provecho, porque a los que me siguen yo les doy la facultad de sacar ventajas por todas partes". Dijo Heracles al oír estas palabras: " Mujer, ¿cuál es tu nombre? Y ella respondió: " Mis amigos me llaman Felicidad, pero los que me odian, para denigrarme, me llaman Maldad". En esto se acercó la otra mujer y dijo: "Yo he venido también a ti, Heracles, porque sé quiénes son tus padres y me he dado cuenta de tu carácter durante tu educación. Por ello tengo la esperanza de que, si orientas tu camino hacia mi, seguro que podrás llegar a ser un buen ejecutor de nobles y hermosas hazañas y que yo misma seré mucho mas estimada e ilustre por los bienes que te otorgo. No te voy a engañar con preludios de placer, sino que te explicaré cómo son las cosas en realidad, tal como los dioses las establecieron. Porque de cuantas cosas buenas y nobles existen, los dioses no conceden nada a los hombres sin esfuerzo ni solicitud, sino que, si quieres que los dioses te sean propicios, tienes que honrarles, si quieres que tus amigos te estimen, tienes que hacerles favores, y si quieres que alguna ciudad te honre, tienes que servir a la ciudad; si pretendes que toda Grecia te admire por tu valor, has de internar hacerle a Grecia algún bien; si quieres que la tierra te dé frutos abundantes, tienes que cuidarla; si crees que debes enriquecerte con el ganado, debes preocuparte del ganado, si aspiras a prosperar con la guerra y quieres ser capaz de ayudar a tus amigos y someter a tus enemigos, debes aprender las artes marciales de quienes las conocen y ejercitarte en la manera de utilizarlas. Si quieres adquirir fuerza física, tendrás que acostumbrar a tu cuerpo a someterse a la inteligencia y entrenarlo a fuerza de trabajos y sudores".
Antes de que Anfitrión regresara a Tebas, Zeus se presentó una noche y, haciéndola durar como tres, yació con Alcmena en figura de Anfitrión y le relató lo sucedido con los teléboas. Cuando llegó Anfitrión y vio que su mujer lo acogía sin entusiasmo, le preguntó el motivo, y al decirle Alcmena que a su regreso la noche anterior ya se había acostado con ella, Tiresias le aclaró que la unión amorosa había sido con Zeus. Alcmena concibió dos hijos, de Zeus a Heracles, mayor en una noche que Ificles, habido de Anfitrión. le arrojó una clava que tenía en las manos, la cual, rebotando en los cuernos, fue a parar a la cabeza de Electrión y lo mató. Esténelo se valió de ello como pretexto para expulsar a Anfitrión de todo Argos y adueñarse del trono de Micenas y Tirinto; mandó llamar a los hijos de Pélope, Atreo y Tiestes, y les entregó Midea.Anfitrión con Alcmena... llegó a Tebas, donde, purificado por Creonte... Alcmena dijo que se casaría con Anfitrión después que fuera vengada la muerte de sus hermanos, y Anfitrión, habiéndoselo prometido, se aprestó a luchar contra los teléboas, e invitó a Creonte a ayudarle.... Antes de que Anfitrión regresara a Tebas, Zeus se presentó una noche y, haciéndola durar como tres, yació con Alcmena en figura de Anfitrión y le relató lo sucedido con los teléboas. Cuando llegó Anfitrión y vio que su mujer lo acogía sin entusiasmo, le preguntó el motivo, y al decirle Alcmena que a su regreso la noche anterior ya se había acostado con ella, Tiresias le aclaró que la unión amorosa había sido con Zeus. Alcmena concibió dos hijos, de Zeus a Heracles, mayor en una noche que Ificles, habido de Anfitrión.
Afirman que de Dánae, hija de Acrisio, y Zeus nació Perseo; y unida a éste, Andrómeda, hija de Cefeo, engendró a Electrión; a continuación Eurídice, hija de Pélope, se casó con él y dio a luz a Alcmena, a la que se unió a su vez Zeus gracias a un engaño y engendró a Heracles. Así, pues, se dice que su línea genealógica remonta, por parte de sus dos progenitores, al más grande de los dioses, de la manera que hemos indicado. Las virtudes que le adornan se han considerado no sólo a partir de sus hazañas, sino que ya antes de su nacimiento le han sido reconocidas. Porque, cuando Zeus se unió a Alcmena, triplicó la duración de la noche y, por la magnitud del tiempo que se empleó en la procreación, presagió la fuerza extraordinaria del que iba a nacer. Y no tuvo en absoluto esta relación para satisfacer un deseo erótico, como ocurrió en el caso de otras mujeres, sino más bien por el placer de la procreación. Por ello, puesto que quería legitimar aquella unión, no optó por el uso de la violencia, ni tampoco confió en persuadir a la mujer, a causa de su decencia; así que se decidió por el engaño para seducir a Alcmena y tomó completamente la apariencia de Anfitrión.
Heracles niño se enfrenta a las serpientes, Reynolds Mas él irguió derecha la cabeza y por vez primera trabó combate, sujetando con sus dos manos, sin escapatoria, por los cuellos a las dos serpientes. El tiempo que así ahorcadas estuvieron hízoles exhalar el aliento de sus indescriptibles cuerpos. Entonces un insoportable pavor petrificó a todas las mujeres que atendían al lecho de Alcmena. Incluso ella misma, incorporada de la cama por su pie, sin peplo, intentaba defenderse a duras penas de la violencia de los monstruos. Pronto los capitanes Cadmeos, todos a una, con broncíneas armas concurrieron y Anfitrión llegó blandiendo en su mano la espada, desnuda de vaina, afectado por aguda preocupación, pues a todos por igual nos angustia lo propio, mientras que pronto se descuida el corazón de la desgracia ajena. Detúvose lleno de asombro de agridulce mezcla, pues había visto el valor inusitado y la fuerza de su hijo. Contradijeron los inmortales las palabras de los mensajeros. Hizo venir a su vecino, el excelso profeta de Zeus altísimo, Tiresias, adivino infalible; éste le reveló, a él y a todo su pueblo, con qué clase de vicisitudes iba a encontrarse su hijo, a cuántas fieras salvajes en tierra firme mataría y a cuántas en el mar. Afirmó que habría de dar la más espantosa muerte a aquel hombre que caminara apoyado en torcida insolencia. Que cuando los dioses en la llanura de Flegra con los gigantes trabasen batalla, éstos, alcanzados por sus flechas, por tierras habrían de cubrir de polvo sus luminosas cabezas predijo. Mas él, luego de obtener, viviendo en continua paz por el resto de los días en feliz morada, tranquilidad sin par y tras recibir por esposa a la floreciente Hebe y celebrar el nupcial banquete con Zeus Crónida cubriría de alabanzas su venerable ley.
Y aquél (Heracles) entonces se dirigió a su auriga, el poderoso Yolao: “¡Héroe Yolao, el más querido con mucho de los mortales! Sin duda que algún gran pecado contra los Inmortales bienaventurados que habitan el Olimpo cometió Anfitrión cuando llegó a la bien coronada Tebas abandonando Tirinto, ciudad bien construida, tras matar a Electrión por unas vacas de ancha frente. Acudió a Creonte y a Heníoca la de largo peplo, que le recibieron y le procuraron todo tipo de comodidas, cual es norma para con los suplicantes; y le honraron entonces mucho, de corazón. Vivía ufano con la Electriona de bellos tobillos, su esposa; y en seguida, al cabo de los años, nacimos nosotros, ni en físico parecidos, ni en espíritu, tu padre y yo. A aquél, Zeus le hizo perder la razón; pues, abandonando su casa y sus padres, se marchó para honrar al impío Euristeo, ¡desventurado! Muchas veces debió lamentarse luego, al soportar su ruina; mas ésta es irrevocable. A mí, por el contrario, un dios me puso terribles trabajos.
Heracles en la encrucijada Pródico de Ceos, citado por Jenofonte, Memorables II, 21-29 "Cuando Heracles estaba pasando de la niñez a la adolescencia, momento en el que los jóvenes al hacerse independiente revelan si se orientarán en la vida por el camino de la virtud o por el del vicio, cuentan que salió a un lugar tranquilo y se sentó sin saber por cual de los dos caminos se dirigiría. Y aunque se le aparecieron dos mujeres altas que se acercaban a él, una de ellas de hermoso aspecto y naturaleza noble, engalanado de pureza su cuerpo, la mirada púdica, su figura sobria, vestida de blanco. La otra estaba bien nutrida, metida en carnes y blanda, embellecida de color, de modo que parecí más blanca y roja de lo que era, tenía los ojos abiertos de par en par y llevaba un vestido que dejaba entrever sus encantos juveniles. Se contemplaba sin parar, mirando si algún otro la observaba, y a cada momento incluso se volvía a mirar su propia sombra. Cuando estuvieron más cerca de Heracles, mientras la descrita en primer lugar seguía andando al mismo paso, la segunda se adelantó ansiosa de acercarse a Heracles y dijo: " te veo indeciso, Heracles, sobre el camino de la vida que has de tomar. Por ello, si me tomas por amiga, yo te llevaré por el camino más dulce y fácil, no te quedarás sin probar ninguno de los placeres y vivirás sin conocer las dificultades. en primer lugar, no tendrás que preocuparte de guerras ni trabajos, sino que te pasarás la vida pensando qué comida o bebida agradable podrías encontrar, qué podrías ver u oír para deleitarte, qué te gustaría oler o tocar, con qué jovencitos te gustaría más estar acompañado, cómo dormirías más blando, y cómo conseguirías todo ello con el menor trabajo. Y si alguna vez te entra el recelo de los gastos para conseguir todo eso, no temas que yo te lleve a esforzarte y atormentar tu cuerpo y tu espíritu para procurártelo, sino que tú aprovecharas el trabajo de los otros, sin privarte de nada de lo que se pueda sacar algún provecho, porque a los que me siguen yo les doy la facultad de sacar ventajas por todas partes". Dijo Heracles al oír estas palabras: " Mujer, ¿cuál es tu nombre? Y ella respondió: " Mis amigos me llaman Felicidad, pero los que me odian, para denigrarme, me llaman Maldad". En esto se acercó la otra mujer y dijo: "Yo he venido también a ti, Heracles, porque sé quiénes son tus padres y me he dado cuenta de tu carácter durante tu educación. Por ello tengo la esperanza de que, si orientas tu camino hacia mi, seguro que podrás llegar a ser un buen ejecutor de nobles y hermosas hazañas y que yo misma seré mucho mas estimada e ilustre por los bienes que te otorgo. No te voy a engañar con preludios de placer, sino que te explicaré cómo son las cosas en realidad, tal como los dioses las establecieron. Porque de cuantas cosas buenas y nobles existen, los dioses no conceden nada a los hombres sin esfuerzo ni solicitud, sino que, si quieres que los dioses te sean propicios, tienes que honrarles, si quieres que tus amigos te estimen, tienes que hacerles favores, y si quieres que alguna ciudad te honre, tienes que servir a la ciudad; si pretendes que toda Grecia te admire por tu valor, has de internar hacerle a Grecia algún bien; si quieres que la tierra te dé frutos abundantes, tienes que cuidarla; si crees que debes enriquecerte con el ganado, debes preocuparte del ganado, si aspiras a prosperar con la guerra y quieres ser capaz de ayudar a tus amigos y someter a tus enemigos, debes aprender las artes marciales de quienes las conocen y ejercitarte en la manera de utilizarlas. Si quieres adquirir fuerza física, tendrás que acostumbrar a tu cuerpo a someterse a la inteligencia y entrenarlo a fuerza de trabajos y sudores".
Biografía de Hércules - Quién fue
Para la Mitología Griega clásica, tal como se designa al conjunto de mitos y leyendas que corresponden justamente a los antiguos griegos y versan sobre sus dioses, la naturaleza del mundo y sus héroes, entre otras cuestiones, Hércules, llamado en realidad por los griegos Heracles, fue un popular héroe perteneciente a la mencionada mitología. Mientras tanto, en Roma y en Europa Occidental se hizo conocido como Hércules, especialmente gracias a la popularidad que le imprimieron los emperadores Cómodo y Maximiano , quienes se identificaron con su figura.
Hércules era hijo natural de Zeus y de Alcmena, una reina mortal, aunque fue adoptado por Anfitrión (bisnieto de Zeus). Si bien inmediatamente tras su nacimiento fue llamado por sus padres Alceo o Alcides en honor a su abuelo Alceo, en la edad adulta, Apolo modificó su nombre original por el de Heracles, como consecuencia de su condición de ser servidor directo de la diosa Hera, la legítima esposa de Zeus.
De todos los héroes que han sabido desfilar por la nutrida mitología griega, Hércules, fue el más célebre y en ello muchísimo tuvieron que ver las cualidades por las cuales destacó: virilidad, fuerza, coraje, orgullo, candor, vigor sexual, entre los principales, por tanto, quien no se iba a querer parecerse a él.
El nacimiento de éste gran héroe se produjo en la ciudad griega de Tebas , mientras que la mayoría de las tragedias griegas que dan cuenta de su vida relatan el odio que por él sintió Hera, es que claro, Hércules, era la viva prueba de las tantas infidelidades que Hera debió sufrir por parte de su esposo Zeus. Aunque en reiteradas oportunidades decidió atentar contra la vida del héroe, e incluso evitar su nacimiento, sus intenciones no prosperaron y así es que Hércules se convirtió en ese enorme héroe griego endiosado por la cultura a la cual perteneció.
Una de las leyendas más populares que giran en torno a su figura es la de “Los doce trabajos de Hércules”. En un ataque de ira que le provocó la diosa Hera, Hércules, mató a sus propios hijos y a sus sobrinos; ante tal circunstancia, Hércules, fue obligado por la sibila délfica a llevar a cabo una serie de trabajos que dispusiese Euristeo, el hombre al cual Hércules más odiaba por considerar que le había usurpado su derecho a la corona.
La muerte de Hércules: Después de realizar las doce hazañas impuestas por Euristeo, Hércules se casó con Dayanira. Ella fue atacada por el centauro Neso y el héroe lo atacó con las flechas envenenadas con la sangre de Hidra. El centauro, antes de morir, dijo al oído de Dayanira que tomara un poco de su sangre ya que era un poderoso filtro de amor. Ella, engañada, le hizo caso y envió a su amado, que creía enamorado de la princesa Yole, una túnica empapada de la sangre de Neso. Al ponersela Hércules no soportó el dolor del veneno y se arrojó a una pira funeraria. Finalmente los dioses lo llevaron al Monte Olimpo y lo casaron con Hebe, diosa de la juventud.
Hércules era hijo natural de Zeus y de Alcmena, una reina mortal, aunque fue adoptado por Anfitrión (bisnieto de Zeus). Si bien inmediatamente tras su nacimiento fue llamado por sus padres Alceo o Alcides en honor a su abuelo Alceo, en la edad adulta, Apolo modificó su nombre original por el de Heracles, como consecuencia de su condición de ser servidor directo de la diosa Hera, la legítima esposa de Zeus.
De todos los héroes que han sabido desfilar por la nutrida mitología griega, Hércules, fue el más célebre y en ello muchísimo tuvieron que ver las cualidades por las cuales destacó: virilidad, fuerza, coraje, orgullo, candor, vigor sexual, entre los principales, por tanto, quien no se iba a querer parecerse a él.
El nacimiento de éste gran héroe se produjo en la ciudad griega de Tebas , mientras que la mayoría de las tragedias griegas que dan cuenta de su vida relatan el odio que por él sintió Hera, es que claro, Hércules, era la viva prueba de las tantas infidelidades que Hera debió sufrir por parte de su esposo Zeus. Aunque en reiteradas oportunidades decidió atentar contra la vida del héroe, e incluso evitar su nacimiento, sus intenciones no prosperaron y así es que Hércules se convirtió en ese enorme héroe griego endiosado por la cultura a la cual perteneció.
Una de las leyendas más populares que giran en torno a su figura es la de “Los doce trabajos de Hércules”. En un ataque de ira que le provocó la diosa Hera, Hércules, mató a sus propios hijos y a sus sobrinos; ante tal circunstancia, Hércules, fue obligado por la sibila délfica a llevar a cabo una serie de trabajos que dispusiese Euristeo, el hombre al cual Hércules más odiaba por considerar que le había usurpado su derecho a la corona.
La muerte de Hércules: Después de realizar las doce hazañas impuestas por Euristeo, Hércules se casó con Dayanira. Ella fue atacada por el centauro Neso y el héroe lo atacó con las flechas envenenadas con la sangre de Hidra. El centauro, antes de morir, dijo al oído de Dayanira que tomara un poco de su sangre ya que era un poderoso filtro de amor. Ella, engañada, le hizo caso y envió a su amado, que creía enamorado de la princesa Yole, una túnica empapada de la sangre de Neso. Al ponersela Hércules no soportó el dolor del veneno y se arrojó a una pira funeraria. Finalmente los dioses lo llevaron al Monte Olimpo y lo casaron con Hebe, diosa de la juventud.





